La entelequia de Pablo

 Gabriel Monteagudo

Pecar de inocente no es grave, salvo que la inocentada tenga que ver con la cosa pública. En una sociedad tremendamente politizada como la uruguaya, pretender hacer algo por fuera de la política es tan difícil como pretender que la selección uruguaya juegue al fútbol como el Barcelona.

En su inocencia ciudadana, el amigo Pablo Pegazzano soñó que el Grupo Ambientalista Ciudadano podía ser un fin en sí mismo, una entelequia en el término aristotélico de la palabra. Así lo concibió, y estoy seguro, que su iniciativa, -y la de más de cien voluntarios que se sumaron-, está muy alejada de algún partido, grupo o sector político .

Trasladada a la luz pública, la acción del grupo se desvirtuó como se desvirtuó el término inventado por Aristóteles y se transformó, al igual que la palabra, en “una cosa irreal” (ver entelequia en el Diccionario de la Real Academia Española) que no podía subsistir despegada de los intereses políticos que cortan transversalmente cada una de las cosas que se hacen en Carmelo.

Por eso no nos sorprende que un bienintencionado como Pablo publique una carta en el muro de Facebook, que pasado un mes se sigue compartiendo y recibiendo comentarios, donde muestra su desilusión con lo que él llama “tiempos de la política” a la que no está acostumbrado como hombre de negocios que pasó su vida metido en su comercio, tal como explica él mismo en la nota que la semana pasada le realizamos en EL ECO.

Cuando uno interviene en las cosas del gobierno o en las actividades del Estado, necesariamente está haciendo política. El Grupo Ambientalista Ciudadano comenzó a limpiar la ciudad para subsanar una tarea que no tiene una efectiva política de Estado, esto es, mantener una ciudad limpia tal cual le corresponde al sistema político a través del Municipio y de la Intendencia de Colonia.

El grupo, entonces, hizo política. Y como los habitantes de este país no somos neutrales suizos ni superados europeos, era imposible que la tarea de este grupo pudiera quedarnos despegada de la política local, porque la sociedad uruguaya –y la carmelitana no es excepción- es extremadamente politizada y cada cosa que ocurre tiene, necesariamente, que estar vinculada con la política que la rodea. No nos podemos mentir en esto: no hay grupo social, ni cultural, ni siquiera una comisión de fomento de escuela, que no esté cruzada por acciones vinculadas a la política de los partidos, y que recurra a ellos según la ideología de quienes la integran. Aplicamos una ideología a la acción y somos responsables por ello.

El Grupo Ambientalista Ciudadano no escapa a esa lógica, y si entonces decide pararse en el escenario local haciendo una prédica de apolítica, es lógico que pasen dos cosas. Una más cantada: que la política lo desdeñe e ignore; y otra más mezquina: que los mismos intereses políticos que se sienten apartados, la vinculen a grupos políticos que pretenden disputar su poder.

En una sociedad de individuos fuertemente ideologizados –pese a que muchos dicen “a mí no me importa la política” o renieguen en público de ello- y en donde a cada cosa se le pone un rótulo, la apoliticidad de la iniciativa de Pablo es una aspiración inocente, que aunque bien inspirada, paga el precio de su propia inocentada*.

El Grupo Ambientalista Ciudadano es una buena iniciativa que intenta mejorar la ciudad haciendo lo que la política no hace.

Acompañarlos y apoyarlos en ese trabajo es también una forma de mejorar la política que nos rodea.

* Engaño ridículo en que alguien cae por descuido o por falta de malicia.

 

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