Dicen que en Uruguay el año empieza hoy. Que hasta que el último ciclista no cruza la meta el domingo de Turismo, estamos en un paréntesis, en una siesta colectiva de asados y playas. Pero hoy es lunes. Se guardaron las túnicas, se terminaron las licencias y la bicicleta de la realidad nos empieza a pedalear en la nuca.

Y vaya si pedalea fuerte.
Nos dicen que el desempleo es del 7,4%. Suena a poco, ¿verdad? Suena a estadística controlada. Pero hagamos la cuenta que no hacen en las oficinas de Montevideo. En un Uruguay de tres millones y medio de habitantes, ese numerito significa que hay más de 130.000 uruguayos que hoy se levantaron, se tomaron un mate amargo y no tienen un lugar a donde ir a trabajar.
Y si miramos nuestra casa, acá en Colonia, con una tasa que suele rondar el 7%, estamos hablando de que en nuestro departamento hay casi 5.000 vecinos —amigos suyos, parientes míos— que están fuera de la cancha. Cinco mil personas que hoy no saben cómo van a cerrar el mes.
Pero la cifra que realmente debería quemarnos la lengua al decirla es la de la pobreza. El INE nos dice que el 17,7% de los uruguayos son pobres. Ponga la oreja: eso son más de 600.000 personas. Para que usted se haga una idea, es como si borráramos del mapa a cuatro departamentos como el nuestro enteros, y los dejáramos sin lo básico para vivir.
Lo más triste, lo más visceral, es que de esos 600.000, la mayoría son gurises. Uno de cada tres niños en este país nace con el destino marcado por la carencia. Mientras aquí discutimos presupuestos y nos lucimos trayendo artistas internacionales que nos cuestan decenas de miles de dólares por una noche de brillo, hay miles de madres en el departamento que hoy lunes están haciendo malabares para que la leche rinda un poquito más.
Y ahí es donde la pluma tiene que estar afilada. Porque mientras nos dicen que ‘no hay espacio fiscal’ para la educación o para mejorar los hospitales de cercanía, el Estado sigue gastando 510 dólares por cada uno de nosotros para sostener un aparato militar que gasta más en jubilaciones de privilegio que en radares para cuidar la frontera.
Esos 510 dólares que usted paga, vecino, equivalen casi a un mes de canasta básica para una persona. Multiplíquelo por su familia y verá lo que el Estado le saca del bolsillo para alimentar una nostalgia de uniformes, mientras la UdelaR mendiga recursos para formar a los profesionales que este país necesita.
El año empezó, señores. El último ciclista ya llegó. Ahora nos toca a nosotros dejar de mirar la carrera desde la vereda y empezar a preguntar qué se hace con nuestra plata. Porque los números no son porcentajes: son vecinos que sufren, son gurises que esperan y es un departamento que merece que la cuenta, por una vez, dé a favor del pueblo.