Editorial: El síntoma de la ventana cerrada

Lo ocurrido esta semana en las inmediaciones de la UTU de Carmelo nos obliga a hacer una pausa. No para quedarnos en el susto del momento, ni para caer en el grito fácil de la inseguridad, sino para analizar qué nos está pasando como cuerpo social.

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Cuando las autoridades educativas —con total responsabilidad— activan un protocolo que implica cerrar salones con llave y alejar a los alumnos de las ventanas, no solo están protegiendo la integridad física de los gurises. Sin quererlo, están ejecutando un acto simbólico de una profundidad enorme: están marcando el punto exacto donde la sociedad decide que el exterior es una amenaza.

El sociólogo Ulrich Beck hablaba de la «Sociedad del Riesgo»

Ulrich Beck (1944-2015) fue uno de los sociólogos más influyentes de las últimas décadas, un pensador alemán que logró algo difícil: que sus conceptos académicos saltaran a la calle y fueran usados por periodistas y políticos para explicar el mundo moderno.

Para entender por qué su pensamiento encaja tan bien con lo que pasó en la UTU de Carmelo, hay que mirar sus tres pilares fundamentales:

El concepto de la «Sociedad del Riesgo»

Beck publicó su obra cumbre, La sociedad del riesgo, en 1986, curiosamente el mismo año del desastre de Chernóbil. Su tesis es que hemos pasado de una sociedad industrial (donde el problema era cómo repartir la riqueza) a una sociedad del riesgo (donde el problema es cómo gestionar los efectos secundarios del progreso).

Decía que nuestras instituciones ya no se organizan para el progreso, sino para gestionar el peligro. Y eso es lo que vimos el martes: una escuela convertida en búnker. Pero lo más inquietante no fue la presencia de dos encapuchados; fue la familiaridad con la que se dirigieron a una vecina.

Esa «familiaridad» rompe lo que Anthony Giddens llama la «Confianza Ontológica». Es esa seguridad invisible que nos permite caminar por Carmelo asumiendo que el que viene de frente no es un lobo. Cuando la amenaza usa nuestro lenguaje y nos trata como conocidos para anunciarnos violencia, el tejido del barrio se resiente de una forma que un patrullero no puede arreglar.

La pregunta hoy no es solo quiénes eran los de la moto. La pregunta es qué vamos a hacer nosotros ante el síntoma de la ventana cerrada. Zygmunt Bauman advertía sobre el «Miedo Líquido», ese que nos lleva a privatizar nuestra existencia, a encerrarnos, a sospechar del otro y a pedir medidas de fuerza que a menudo terminan recortando nuestra propia libertad.

Si permitimos que el protocolo del encierro se convierta en nuestra forma habitual de habitar la ciudad, habremos perdido la calle. Y perder la calle es perder la democracia en su nivel más básico: el de la convivencia.

Hoy, desde este programa, el planteo no es pedir más cerrojos. Es reflexionar sobre cómo devolvemos la confianza a la vereda. Porque una sociedad que solo sabe gestionar el peligro es una sociedad que ha dejado de imaginar su futuro.

El Estado tiene que darnos seguridad, es su contrato básico desde los tiempos de Hobbes. Pero nosotros, como ciudadanos, tenemos que resistirnos a la tentación de convertir a Carmelo en una suma de búnkeres aislados.

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