El campo tiene memoria y por fin tiene derechos

Hoy, 30 de abril, mientras el país se apronta para el feriado de mañana, aquí en el interior profundo, donde el rocío todavía moja las botas antes de que aclare, celebramos el Día del Trabajador Rural. Pero no lo celebramos como una fecha romántica de folclore y paisanaje; lo celebramos como una conquista de justicia social que, aunque parezca mentira, es dolorosamente joven en nuestra historia.

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Durante décadas, el Uruguay «de las vacas y el trigo» le dio la espalda a quienes ponían el lomo. Parecía que el trabajador del campo era de otra categoría, un ciudadano de segunda que no merecía el descanso regulado ni la protección de la ley. Se nos decía que «el campo no tiene horario», una frase que escondía una explotación sistemática bajo el poncho de la tradición.

Fue hace apenas unos años que la dignidad se hizo ley. La llegada de las ocho horas al sector rural no fue un regalo; fue el reconocimiento de una deuda histórica. Fue decirle al puestero, al esquilador, al peón de estancia y al trabajador de la vitivinicultura de nuestra zona, que su esfuerzo vale exactamente lo mismo que el de quien trabaja en una oficina en la capital.

Desde esta trinchera ciudadana, hoy saludamos a esos hombres y mujeres que en las inmediaciones de Carmelo, en Colonia Estrella, en Juan González o en las zonas de viñedos, siguen haciendo patria. Pero el saludo viene con una advertencia: los derechos no son estatuas de mármol; son conquistas que hay que vigilar todos los días.

No podemos permitir que se naturalice el retroceso. La rendición de cuentas hoy no es solo para el patrón o para el Estado, es para nosotros como sociedad: ¿valoramos realmente a quien produce lo que comemos? ¿Entendemos que detrás de cada litro de vino o cada kilo de grano hay una familia que hoy, por fin, puede decir que su jornada tiene un principio y un fin protegido por la ley?

Que este 30 de abril sirva para recordar que el campo uruguayo es motor del país, pero sus trabajadores son el corazón. Y un corazón que late con derechos es un corazón que camina hacia el futuro.

¡Salud, trabajadores rurales! 

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