
Una hipótesis extrema para pensar el futuro: qué podría ocurrir con la democracia y la paz social si millones de personas pierden ingresos mientras la automatización multiplica la producción y concentra sus beneficios.
Una exageración que permite ver el problema
Imaginemos deliberadamente un escenario extremo. La inteligencia artificial y la robótica avanzan hasta permitir que empresas, comercios, bancos, estudios profesionales, depósitos, fábricas y explotaciones agropecuarias produzcan mucho más utilizando una fracción de los trabajadores actuales.
La productividad crece. Los bienes existen. Los alimentos están disponibles. Las fábricas funcionan. Pero millones de personas han perdido total o parcialmente el mecanismo mediante el cual tradicionalmente accedían a esa producción: el salario.
Agreguemos una segunda condición. Los beneficios de esa productividad quedan concentrados entre los propietarios del capital, de los algoritmos, de los centros de datos, de la tierra y de las máquinas. Y los gobiernos, por decisión política o incapacidad, no generan mecanismos suficientes de redistribución.
La pregunta deja entonces de ser tecnológica: ¿se resignaría indefinidamente una población que ve aumentar la riqueza a su alrededor pero carece de ingresos para participar de ella?
El trabajador es también consumidor
Para una empresa individual, automatizar puede ser una decisión perfectamente racional. Si una fábrica puede producir lo mismo con cien trabajadores en lugar de mil, reduce costos y aumenta productividad.
Pero aquello que es racional para cada empresa por separado puede crear un problema para el conjunto de la economía si se reproduce masivamente. El trabajador no es solamente un costo para quien lo emplea. También es el consumidor que, mediante su salario, compra los productos de otras empresas.
La contradicción puede formularse de manera sencilla: cada empresario tiene incentivos para necesitar menos trabajo humano, pero el sistema económico continúa necesitando personas con ingresos capaces de comprar lo producido.
No necesariamente colapsa el capital: puede concentrarse
La automatización no conduce necesariamente al colapso inmediato de la acumulación capitalista. Puede producir inicialmente el fenómeno contrario: una extraordinaria concentración de capital.
Si las máquinas permiten sustituir costos laborales y los activos productivos pertenecen a un grupo reducido, una proporción creciente del ingreso puede desplazarse desde salarios hacia beneficios y retornos del capital.
Investigaciones del Fondo Monetario Internacional advierten que la adopción de inteligencia artificial puede tener efectos importantes sobre la desigualdad patrimonial. Los trabajadores de mayores ingresos también pueden verse afectados, pero suelen estar mejor posicionados para beneficiarse de la complementariedad con la IA y de los retornos del capital.
El problema puede no ser que deje de acumularse riqueza, sino que esa riqueza se acumule en lugares cada vez más concentrados mientras una parte creciente de la población pierde capacidad de consumo.
Cuando la escasez no es de productos sino de dinero
Este escenario produciría una situación social especialmente difícil de legitimar. No estaríamos ante una sociedad incapaz de fabricar alimentos, ropa o viviendas. Estaríamos ante personas que no pueden acceder a bienes existentes porque carecen del ingreso monetario necesario.
Un robot puede fabricar un automóvil, pero no compra automóviles. Puede levantar una construcción, pero no necesita una casa. Puede participar en la producción de alimentos, pero no va al supermercado.
Cuanto mayor sea la abundancia productiva visible y mayor la exclusión del acceso a ella, más difícil resultará explicar esa privación únicamente como consecuencia inevitable de la escasez.
La pregunta social podría pasar de “¿por qué no consigo empleo?” a otra mucho más incómoda: “¿por qué no puedo acceder a aquello que la sociedad puede producir en abundancia?”
¿Se resignaría la población?
No existe una ley histórica que permita afirmar que una situación semejante terminaría necesariamente en una revolución, ni que millones de personas reaccionarían de la misma manera. Las sociedades poseen instituciones, culturas políticas y mecanismos de adaptación diferentes.
La primera respuesta probablemente sería individual: buscar cualquier empleo disponible, aceptar salarios menores, consumir ahorros, endeudarse, recurrir a familiares, ingresar a la informalidad, emigrar o reducir el consumo.
Pero si la pérdida de ingresos se volviera estructural y afectara a una proporción considerable de la población, el problema dejaría de ser individual. Aparecerían demandas colectivas: movimientos de trabajadores desplazados, nuevas organizaciones sociales, presión sindical, protestas y fuerzas políticas que reclamarían cambios en la distribución del ingreso.
En escenarios de deterioro extremo también podrían crecer fenómenos más peligrosos: violencia, economías ilegales, saqueos, radicalización y enfrentamientos. Nada de eso es inevitable, pero la combinación de necesidades materiales persistentes, desigualdad visible y ausencia de respuesta institucional eleva el riesgo de conflictividad.
Los desempleados también votan
En una democracia aparece además un elemento decisivo. Una población desplazada por la tecnología no es solamente un conjunto de desempleados: es un conjunto de electores.
Si la pérdida estructural de ingresos alcanzara a una parte grande de la sociedad, las propuestas de renta básica, reducción de la jornada laboral, nuevos impuestos sobre rentas del capital, participación social en las ganancias tecnológicas, ampliación de servicios universales o nuevas formas de propiedad dejarían de ser discusiones académicas para convertirse en programas electorales.
También podrían surgir respuestas políticas de signo completamente distinto. La frustración económica no determina por sí sola una orientación política. Una transformación tecnológica suficientemente profunda podría modificar no solamente el mercado laboral, sino también el sistema de partidos y las prioridades de la democracia.
La redistribución como mecanismo de estabilidad
Aquí aparece una paradoja. En un capitalismo altamente automatizado, una mayor redistribución podría terminar siendo necesaria no para abolir el sistema, sino para mantener su funcionamiento económico y su legitimidad social.
Si las empresas necesitan cada vez menos trabajadores pero continúan necesitando consumidores, alguna vía debe permitir que una parte del poder adquisitivo llegue a quienes ya no reciben suficiente ingreso laboral.
Las posibilidades son múltiples: jornadas más cortas sin una reducción proporcional de ingresos, transferencias, renta básica, servicios públicos universales, tributación sobre determinadas rentas del capital, participación de trabajadores en beneficios o mecanismos todavía no desarrollados.
La discusión real no sería solamente cuánto redistribuir, sino quién debe financiarlo, qué efectos tendría sobre la inversión y qué instituciones podrían hacerlo de manera sostenible.
Lo que sabemos hoy
Conviene introducir una cautela fundamental. El escenario anterior es deliberadamente extremo y no describe la situación actual.
La Organización Internacional del Trabajo estima que uno de cada cuatro trabajadores del mundo se encuentra en una ocupación con algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa, pero sostiene que, debido a que muchas tareas continúan necesitando intervención humana, la transformación del empleo es hoy más probable que su eliminación masiva.
Para América Latina y el Caribe, un estudio conjunto de la OIT y el Banco Mundial calculó que entre 26% y 38% de los empleos podrían estar expuestos a la IA generativa, mientras que entre 2% y 5% presentaban riesgo de automatización completa con las capacidades consideradas por el estudio.
No existe evidencia para afirmar que estamos a las puertas de un desempleo tecnológico masivo. Sí existe evidencia suficiente para discutir anticipadamente cómo deberían distribuirse las ganancias de productividad si la automatización continúa avanzando.
La tierra vuelve a entrar en la discusión
Si una persona pierde su salario, los activos que le permiten cubrir directamente necesidades básicas adquieren otra importancia. Vivienda, tierra, agua y energía pueden reducir la dependencia absoluta del ingreso monetario.
De allí surge una hipótesis: en una sociedad con desempleo tecnológico elevado, el acceso a tierra apta para producir alimentos podría recuperar una importancia social que las sociedades urbanizadas parecían haber dejado atrás.
Pero también aquí aparece la automatización. La agricultura incorpora tractores autónomos, sensores, drones, sistemas de riego automático, ordeñe robotizado, visión artificial y otras tecnologías. La producción de alimentos también puede necesitar cada vez menos trabajo humano.
Por eso el problema de fondo vuelve a ser la propiedad. Si una gran extensión de tierra produce enormes cantidades de alimentos con muy pocos trabajadores, la pregunta no es solamente quién trabaja esa tierra, sino quién es propietario de ella y quién recibe el ingreso generado.
¿Volver a la tierra o distribuir la abundancia?
No es evidente que una sociedad altamente automatizada deba responder al desempleo enviando a millones de personas a producir individualmente sus alimentos. Eso podría ser menos eficiente que utilizar la enorme productividad agrícola disponible y desarrollar mecanismos para que toda la población pueda acceder a ella.
La tierra, sin embargo, conservaría una dimensión estratégica: quien dispone de vivienda, agua y capacidad de producir una parte de sus alimentos posee una autonomía diferente de quien necesita comprar absolutamente todo con un salario que ya no recibe.
En un escenario extremo de concentración de la tierra y automatización agrícola, las demandas por acceso, uso, tributación o formas alternativas de propiedad podrían convertirse nuevamente en cuestiones políticas centrales.
El problema último puede ser la propiedad
Todas estas preguntas convergen en un mismo punto. Si las máquinas realizan una proporción creciente del trabajo, la cuestión decisiva deja de ser únicamente quién tiene empleo.
Pasa a ser quién posee las máquinas, la tierra, los algoritmos, la infraestructura energética, los centros de datos y las empresas capaces de convertir esa tecnología en producción.
Dos sociedades pueden utilizar exactamente los mismos robots y obtener resultados opuestos. En una, la productividad adicional se concentra y una mayoría compite por una cantidad decreciente de ingresos laborales. En otra, una parte de esa productividad se convierte en menos horas de trabajo, mejores servicios, mayores ingresos disponibles o patrimonio más distribuido.
La tecnología no determina por sí sola cuál de esas sociedades aparece. Esa elección depende de instituciones, políticas, relaciones de poder y decisiones democráticas.
La pregunta que queda
Durante generaciones organizamos una parte fundamental de la vida económica alrededor de una relación sencilla: trabajo, salario y consumo.
Trabajamos porque la producción necesita trabajadores. Recibimos un salario y ese salario nos permite adquirir una parte de lo que la sociedad produce.
La automatización extrema plantea una posibilidad histórica diferente: que producir riqueza necesite mucho menos trabajo humano, pero que las reglas para acceder a esa riqueza continúen dependiendo de poseer un empleo.
Si alguna vez llegamos a ese punto, el problema ya no será encontrar una tarea que todavía no pueda realizar una máquina. Será decidir qué derechos económicos corresponden a las personas en una sociedad cuya abundancia depende cada vez menos de su trabajo.
Y queda la pregunta central:
¿Qué ocurre con la democracia, la propiedad y la paz social si trabajar deja de ser necesario para producir, pero continúa siendo necesario para tener derecho económico a consumir?
Fuentes de referencia
El documento cierra con referencias de OIT, Banco Mundial, OCDE y FMI, y una nota editorial aclarando que se trata de un escenario hipotético extremo, no de una afirmación de que el desempleo tecnológico masivo o la conflictividad social sean inevitables.