
Por Gabriel Monteagudo | Editorial de ELECOTvRadio
Hoy voy a utilizar una palabra que probablemente nunca imaginé pronunciar frente a un micrófono para hablar de política internacional.
Esa palabra es miedo.
Y no se trata de una expresión exagerada ni de un recurso para llamar la atención. Es una sensación que me acompaña cuando observo lo que está ocurriendo en América Latina y, especialmente, cuando pienso en el futuro de Uruguay.
Desde aquel 1984
Mi primera elección nacional fue en 1984.
Para quienes vivimos aquellos años, esa elección significaba muchísimo más que elegir un presidente o integrar un Parlamento.
Veníamos de una dictadura. Recuperábamos el derecho a votar, a discutir, a disentir y, fundamentalmente, a decidir nosotros mismos qué país queríamos construir.
Desde entonces han pasado más de cuarenta años.
He visto gobiernos de distintos partidos. He coincidido con algunas decisiones y he estado profundamente en desacuerdo con otras.
Pero siempre existió un principio que consideré esencial: los uruguayos elegimos a nuestros gobernantes, los brasileños eligen a los suyos, los argentinos deciden por los argentinos y cada pueblo tiene derecho a acertar, equivocarse y volver a elegir.
Eso es soberanía.
Eso es democracia.
Y hoy, por primera vez desde aquel 1984, siento que ese principio está seriamente amenazado.
No porque mañana vayan a desaparecer las urnas, sino porque estamos comenzando a naturalizar algo que puede resultar todavía más peligroso: que una potencia extranjera se atribuya el derecho de decidir qué gobierno es aceptable y cuál debe ser castigado.
¿Quién le dio a Washington el derecho de decidir?
Estamos asistiendo a una realidad internacional en la que Estados Unidos utiliza su enorme poder económico, comercial y diplomático para influir sobre las decisiones de otros países.
Quién merece recibir ayuda económica.
Quién debe enfrentar sanciones.
Qué gobierno es considerado un aliado y cuál representa una amenaza.
Qué país puede comerciar con China y cuál debería alinearse con Washington.
Qué funcionarios extranjeros merecen confianza y cuáles son señalados públicamente como corruptos.
La pregunta es inevitable: ¿quién controla a quien se atribuye el derecho de controlar a los demás?
Donald Trump ha expresado públicamente preferencias por determinados dirigentes y proyectos políticos de América Latina. Su administración ha utilizado aranceles, restricciones de visas, sanciones y presiones diplomáticas como instrumentos de política exterior.
En Argentina, incluso se han vinculado expectativas de respaldo económico estadounidense con resultados políticos y electorales.
Podemos estar de acuerdo con Trump o profundamente en contra. Podemos ser de izquierda, de derecha o no sentirnos representados por ninguna de esas definiciones.
Pero ese no es el problema.
El problema comienza cuando aceptamos que el presidente de una potencia extranjera tenga derecho a determinar qué democracia latinoamericana merece apoyo y cuál debe sufrir las consecuencias de haber elegido otro camino.
Y lo más preocupante es que muchas veces dejamos de cuestionarlo cuando esa intervención favorece a nuestros candidatos preferidos.
Bolivia y las preguntas que debemos hacernos
Los acontecimientos recientes en Bolivia también deberían obligarnos a reflexionar.
Las informaciones sobre las acusaciones contra el fiscal Roger Mariaca, las decisiones adoptadas desde Washington y las actuaciones de las autoridades bolivianas plantean interrogantes que merecen una investigación rigurosa.
No corresponde declarar inocente a una persona simplemente porque las acusaciones provengan de Estados Unidos.
Tampoco corresponde considerarla culpable por el solo hecho de que una potencia extranjera formule señalamientos en su contra.
Las acusaciones deben investigarse, las pruebas deben examinarse y las responsabilidades deben establecerse mediante procedimientos judiciales independientes.
Pero hay una pregunta política que no podemos dejar de formular:
¿Hasta dónde puede llegar la influencia de una potencia extranjera sobre las instituciones de un país latinoamericano?
Preguntar no significa defender a nadie.
Significa negarse a aceptar que la soberanía de nuestros países pueda quedar subordinada a decisiones tomadas en otro lugar.
Porque cuando dejamos de hacer preguntas, comenzamos a acostumbrarnos.
Y es precisamente ese acostumbramiento el que me provoca miedo.
El derecho internacional no puede ser un adorno
Durante décadas intentamos construir, con enormes imperfecciones, un sistema internacional basado en determinados principios.
Las Naciones Unidas.
El derecho internacional.
La soberanía de los Estados.
La autodeterminación de los pueblos.
El principio de no intervención.
Es cierto que ese sistema nunca funcionó perfectamente.
Las grandes potencias han violado esos principios en numerosas oportunidades. América Latina conoce demasiado bien esa historia.
Golpes de Estado, dictaduras, operaciones encubiertas, intervenciones militares y presiones económicas forman parte de nuestra memoria colectiva.
Pero creíamos haber aprendido algo.
Creíamos que, en pleno siglo XXI, ningún país, por poderoso que fuera, debía tener derecho a decidir el destino político de otro.
Hoy esa certeza vuelve a tambalear.
No estoy defendiendo a Maduro, Lula ni Petro
Quiero ser absolutamente claro.
Esto no es una defensa de Nicolás Maduro.
No es una defensa de Lula da Silva.
No es una defensa de Gustavo Petro.
Tampoco es una defensa de ningún gobierno o proyecto político en particular.
Estoy defendiendo algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: el derecho de cada pueblo a decidir su propio destino.
Si los venezolanos quieren terminar con el chavismo, deben decidirlo los venezolanos.
Si los brasileños quieren cambiar de gobierno, deben decidirlo los brasileños.
Si los argentinos quieren continuar o terminar con el proyecto político de Javier Milei, deben decidirlo los argentinos.
Y si algún día los uruguayos queremos cambiar nuestro rumbo, tenemos que decidirlo nosotros.
No Washington.
No Pekín.
No Moscú.
Nosotros.
Porque la soberanía no puede depender del color político del gobierno de turno.
Los principios democráticos tienen valor precisamente cuando estamos dispuestos a aplicarlos también a quienes piensan distinto de nosotros.
El peligro de celebrar la intervención extranjera
América Latina debería hacerse una pregunta antes de que sea demasiado tarde:
¿Qué ocurre cuando comenzamos a aceptar la intervención extranjera simplemente porque favorece al candidato que nos gusta?
Hoy podemos celebrar una presión internacional porque perjudica a nuestro adversario político.
Mañana esa misma herramienta puede utilizarse contra nosotros.
Y entonces será demasiado tarde para descubrir que los principios no pueden aplicarse según nuestra conveniencia.
¿Qué clase de democracia podemos construir bajo amenaza?
¿Es verdaderamente libre una elección si una potencia económica advierte que habrá respaldo financiero si gana determinado candidato y dificultades si triunfa otro?
¿Podemos hablar de soberanía si nuestras decisiones comerciales, tecnológicas o económicas necesitan recibir previamente la aprobación de Washington?
Una democracia condicionada por amenazas externas corre el riesgo de conservar las urnas, pero perder una parte esencial de su libertad.
¿Y si mañana le toca a Uruguay?
Esta es la parte que más me preocupa.
Porque cuando observo lo que sucede en otros países, inevitablemente pienso en Uruguay.
Somos un país pequeño, ubicado en una región atravesada por enormes intereses económicos, comerciales y estratégicos.
Tenemos recursos naturales, agua, tierras productivas y una ubicación geográfica que puede adquirir importancia en las disputas internacionales.
Imaginemos por un momento un escenario extremo.
¿Qué ocurriría si mañana una gran potencia decidiera que algún recurso estratégico uruguayo resulta indispensable para sus intereses?
¿Qué garantías tendríamos de que nuestra soberanía sería respetada?
¿Podríamos confiar en que los gobiernos de la región defenderían el principio de no intervención, incluso si eso significara enfrentarse diplomáticamente a Washington?
No estoy afirmando que exista un plan para invadir Uruguay. Estoy planteando una hipótesis deliberadamente extrema para señalar un peligro: cuando el poder comienza a imponerse sobre el derecho, ningún país pequeño puede sentirse completamente protegido.
Y quiero expresar una preocupación que puede sonar brutal, pero que resume lo que siento:
¿Qué nos garantiza que mañana a un señor que se cree emperador del mundo no se le ocurra venir a buscarte, llevarte preso y pretender imponer su voluntad por encima de las instituciones de tu país?
No deberíamos aceptar como normal un orden internacional en el que la fuerza de una potencia pueda sustituir al derecho.
No quiero una democracia estadounidense para América Latina
No quiero una democracia estadounidense impuesta sobre América Latina.
Tampoco quiero una democracia china.
Ni una democracia rusa.
Quiero democracias latinoamericanas.
Distintas.
Imperfectas.
A veces equivocadas.
Pero nuestras.
Porque la democracia no consiste en elegir correctamente según los intereses de una potencia extranjera.
Consiste, precisamente, en tener el derecho a elegir por nosotros mismos.
Y ese derecho incluye la posibilidad de equivocarnos.
De cambiar.
De corregir el rumbo.
De construir nuestro propio futuro.
El silencio también es peligroso
Me preocupa Venezuela.
Me preocupa Bolivia.
Me preocupa Brasil, Argentina, Colombia y Chile.
Pero, sobre todo, me preocupa Uruguay.
Me preocupa qué continente vamos a dejarles a nuestros hijos y a nuestros nietos.
Y me preocupa el silencio.
Porque frente a estas situaciones deberíamos escuchar muchas más voces defendiendo la soberanía, el derecho internacional y la autodeterminación de los pueblos.
No se trata de levantar la voz contra Estados Unidos para favorecer a China.
Ni contra China para favorecer a Estados Unidos.
Ni de buscar protección en Rusia.
Se trata de levantar la voz a favor de nosotros mismos.
A favor de nuestra independencia.
A favor del derecho de cada nación a resolver sus conflictos sin imposiciones extranjeras.
A favor de un principio que debería unirnos más allá de nuestras diferencias políticas.
Comencé este editorial diciendo que tengo miedo.
Y quiero terminar explicando por qué.
Tengo miedo de que nos acostumbremos a que otros decidan por nosotros.
De que confundamos la fuerza con la razón.
De que celebremos una intervención extranjera porque hoy favorece nuestras preferencias políticas, sin comprender que mañana puede volverse contra nuestra propia democracia.
Y, especialmente, tengo miedo de que olvidemos lo que tanto nos costó recuperar en 1984.
Porque el destino de un pueblo debe decidirlo ese pueblo.
Y el destino de Uruguay debemos decidirlo los uruguayos.
Editorial de Gabriel Monteagudo, presentado en ELECOTvRadio. Publicado en El blog de Gabriel Monteagudo.