¿QUÉ HACEMOS SI LAS MÁQUINAS NOS DEJAN SIN TRABAJO?

La inteligencia artificial ya no automatiza solamente tareas físicas: escribe, programa, analiza y comienza a entrar en actividades profesionales. Mientras tanto, la robótica intenta darle brazos y piernas. Si en el futuro necesitamos cada vez menos trabajo humano para producir, el gran problema quizá no sea tecnológico sino económico: ¿cómo distribuir una riqueza que ya no necesita tantos salarios para ser creada?

Durante mucho tiempo nos tranquilizamos con una idea sencilla: las máquinas podían reemplazar músculos, pero no cerebros. Podían levantar cargas, soldar, cosechar o repetir movimientos. Para estudiar, pensar, decidir o crear seguíamos haciendo falta nosotros.

Esa frontera empezó a borrarse. La inteligencia artificial escribe, traduce, programa, analiza documentos, interpreta datos y genera imágenes. Y la robótica intenta resolver la otra mitad: darle a esa inteligencia ojos, manos, brazos y piernas.

No sabemos hasta dónde llegará ni con qué velocidad. Los humanoides que hoy vemos en China todavía suelen ser más lentos, caros y menos fiables que una persona. Una demostración espectacular no equivale a un trabajador capaz de cumplir ocho horas diarias durante años.

Pero el problema laboral puede comenzar mucho antes de que un robot sea capaz de reemplazarnos completamente: cuando una empresa descubra que el trabajo que antes hacían diez personas puede realizarlo con cinco, tres o una.

La máquina llegó también al escritorio

No es la primera revolución tecnológica. La mecanización eliminó trabajos y creó otros. Después llegaron cajeros automáticos, Internet, transferencias electrónicas, comercio electrónico y trámites digitales.

La historia aconseja, por tanto, ser prudentes antes de anunciar “el fin del trabajo”.

Sin embargo, existe una diferencia importante. Durante décadas pensamos que la respuesta a la automatización era estudiar más. Si una máquina reemplazaba el trabajo manual, había que capacitarse para realizar tareas intelectuales.

Ahora la máquina también llegó al escritorio.

La OCDE advierte que la inteligencia artificial tiene una importante exposición en informática, telecomunicaciones, finanzas, marketing, ingeniería, investigación y servicios profesionales. La OIT estima que aproximadamente uno de cada cuatro trabajadores del mundo desempeña una ocupación con algún grado de exposición a la IA generativa, aunque aclara algo fundamental: exposición no significa desaparición. Probablemente muchos trabajos cambien antes de desaparecer.

Un escribano, arquitecto, contador o abogado puede continuar siendo imprescindible por su responsabilidad profesional. Pero si la inteligencia artificial permite buscar antecedentes, analizar documentos, hacer cálculos, preparar borradores o automatizar tareas administrativas, una oficina que antes necesitaba diez personas quizá pueda funcionar con seis o cuatro.

Uruguay ya conoce el fenómeno

No necesitamos mirar solamente a China. En 2020 unos 400 trabajadores se desempeñaban en los 15 puestos de peaje uruguayos. El telepeaje y el cobro automático fueron reduciendo la necesidad de que una persona recibiera físicamente el dinero de cada automóvil.

Algo parecido ocurre con los bancos. Hoy desde un teléfono consultamos saldos, transferimos dinero, pagamos facturas y realizamos operaciones que hace veinte años exigían concurrir a una sucursal. El banco no desapareció. Tampoco los peajes. Lo que disminuye es la cantidad de trabajo humano necesaria para realizar una determinada cantidad de operaciones.

Y esa puede ser la verdadera dimensión del cambio.

Las máquinas producen, pero no consumen

Imaginemos un escenario extremo. Una fábrica emplea actualmente 1.000 trabajadores. Dentro de veinte años, gracias a inteligencia artificial y robots, produce el doble utilizando solamente 100. Tecnológicamente sería un éxito extraordinario. Pero quedarían 900 personas sin el salario que utilizaban para comprar alimentos, ropa, vivienda, transporte o entretenimiento. Aquí aparece una contradicción fundamental: las máquinas producen, pero las máquinas no consumen.

Un robot puede fabricar un automóvil, pero no compra automóviles. Puede construir viviendas, pero no necesita vivir en ellas. Puede producir alimentos, pero no va al supermercado. Si conseguimos producir cada vez más utilizando cada vez menos trabajadores, el problema dejará de ser cómo producir. Será cómo hacer llegar ingresos a las personas que deben consumir esa producción.

Durante generaciones el empleo cumplió dos funciones. Organizaba la producción y, al mismo tiempo, distribuía ingresos mediante salarios.

Si una proporción creciente de la producción pasa a depender de máquinas, algoritmos y centros de datos, una mayor parte de la riqueza puede terminar concentrándose en quienes son propietarios de esas tecnologías.

El FMI estima que cerca del 40% del empleo mundial está expuesto a la inteligencia artificial y advierte que la tecnología puede incrementar los retornos del capital y profundizar la desigualdad si sus beneficios quedan concentrados. Por eso aparece una pregunta que es mucho más política que tecnológica: ¿Quién será dueño de las máquinas?

Dos futuros posibles

La misma tecnología podría producir sociedades completamente diferentes.

Un país podría permitir que casi todo el incremento de productividad quede concentrado entre pocos propietarios. Los desplazados competirían por los empleos restantes y aumentaría la desigualdad.

Otro podría transformar parte de esa productividad en jornadas laborales más cortas, mejores salarios, participación de trabajadores en las ganancias, servicios públicos o mecanismos de transferencia de ingresos.

Los robots serían exactamente los mismos. La sociedad resultante, no.

Ya existen distintas propuestas: reducción de la jornada laboral, capacitación permanente, renta básica, modificaciones tributarias sobre las rentas del capital, participación de trabajadores en las ganancias o nuevas formas de propiedad.

Ninguna es sencilla. Una renta básica necesita financiación; una tributación mal diseñada puede desalentar inversiones; reducir jornadas puede funcionar en algunos sectores y resultar difícil en otros.

Y existe una enorme incógnita: tampoco sabemos cuántos nuevos empleos creará esta revolución tecnológica.

La pregunta que recién comienza

Estudiar seguirá siendo imprescindible. Quienes tengan formación, pensamiento crítico y capacidad para trabajar con nuevas tecnologías seguramente estarán mejor preparados.

Pero quizá ya no alcance con responder: “hay que estudiar para conseguir trabajo”.

Por primera vez una tecnología de automatización compite precisamente con capacidades que aprendíamos para escapar de la automatización: escribir, programar, diseñar, calcular, analizar información e incluso tomar algunas decisiones.

Los robots humanoides están todavía muy lejos de reemplazar al conjunto del trabajo humano. Pero mientras la robótica aprende a moverse en nuestro mundo físico, la inteligencia artificial ya ingresó en oficinas, bancos, estudios profesionales, medios de comunicación y empresas.

Tal vez dentro de algunas décadas descubramos que exageramos y que aparecieron suficientes profesiones nuevas. O quizá descubramos que el empleo dejó de ser suficiente para distribuir toda la riqueza que somos capaces de producir.

No lo sabemos.

Pero si las máquinas llegan a producir una parte creciente de esa riqueza, habrá una pregunta que ninguna inteligencia artificial podrá responder por nosotros:

¿cómo llegará esa riqueza a las personas?

Durante generaciones tuvimos una respuesta sencilla: mediante un empleo y un salario.

Quizá el desafío más importante de la revolución tecnológica no sea construir mejores máquinas, sino decidir qué sociedad queremos construir alrededor de ellas.

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