No alcanza con lamentarnos por las fuentes de trabajo que perdimos. La ciudad necesita discutir seriamente cuál será su modelo de desarrollo para los próximos veinte o treinta años. Y quizás una parte de la respuesta haya estado siempre delante de nosotros: el río.

Por Gabriel Monteagudo
Carmelo tiene un problema de trabajo. Eso lo sabemos todos.
Pero creo que tenemos un problema todavía más profundo: Carmelo no tiene suficientemente claro qué quiere ser en el futuro.
Durante décadas nuestra ciudad tuvo una estructura productiva que generaba empleo y que, de una manera u otra, permitía que muchas familias encontraran aquí su sustento.
Una parte importante de aquello desapareció o se redujo. Calcar se fue de Carmelo y trasladó su actividad a Tarariras. Cerró una empresa histórica como Bodega Irurtia, que durante muchos años dio trabajo a numerosas familias. El molino, otra referencia tradicional de nuestra actividad productiva, funciona hoy con una cantidad de trabajadores muy inferior a la que tuvo en otras épocas.
Podríamos seguir enumerando ejemplos. Cada vez que una empresa cierra o disminuye su personal hablamos durante algunos días del problema. Nos preocupamos. Entrevistamos a trabajadores y empresarios. Reclamamos soluciones.
Pero después la discusión se termina.
Y quizás estamos formulando mal la pregunta. La pregunta no debería ser solamente qué fuente de trabajo podemos conseguir para sustituir a la que acabamos de perder.
La pregunta debería ser: ¿Qué Carmelo queremos construir para los próximos veinte o treinta años?
¿Una ciudad turística?
Desde hace mucho tiempo repetimos que Carmelo debe convertirse en una ciudad turística.
Y estoy de acuerdo. Tenemos condiciones extraordinarias. Tenemos río, playas, bodegas, historia, patrimonio, naturaleza, tranquilidad, cercanía con Buenos Aires y una ubicación privilegiada.
Tenemos además un producto turístico que ha ido creciendo alrededor del vino, la gastronomía y los establecimientos rurales.
Todo eso hay que desarrollarlo. Pero también debemos ser sinceros con nosotros mismos.
Hoy Carmelo no recibe todavía una cantidad de turistas capaz de transformar al turismo, por sí solo, en el gran generador de empleo que necesita la ciudad. Puede crecer. Seguramente crecerá. Y debemos trabajar para que suceda. Pero una ciudad no debería colocar todas sus expectativas en una única actividad. Carmelo necesita turismo.
Pero también necesita producción, industria, conocimiento y oficios. Y entonces aparece algo que tenemos delante de nuestros ojos todos los días.
Tenemos el río
Carmelo nació y creció mirando al río.
Nuestra historia está íntimamente relacionada con las embarcaciones, los puertos, los astilleros y la navegación. Tenemos un puerto. Tenemos un varadero estatal. Tenemos una enorme tradición de trabajadores vinculados a los oficios navales. Y tenemos, increíblemente, una Escuela de Construcciones y Reparaciones Navales.
Entonces la pregunta parece obvia: ¿Por qué Carmelo no desarrolla una verdadera industria naval?. No estoy hablando necesariamente de construir enormes barcos.Estoy hablando de algo mucho más cercano y posible. Reparación de embarcaciones, mantenimiento, Mecánica naval, Electricidad y electrónica aplicada a embarcaciones, Carpintería de ribera, Fibra de vidrio, Soldadura especializada,Pintura naval, Motores fuera de borda, Equipamiento náutico, construcción de pequeñas embarcaciones, servicios para embarcaciones deportivas, Guardería náutica.
Tenemos delante nuestro un enorme mercado potencial. Solamente hay que mirar hacia el otro lado del Río de la Plata.
Buenos Aires está enfrente
Del otro lado tenemos una de las mayores concentraciones de embarcaciones deportivas de esta región de América del Sur.
Tigre, San Fernando, San Isidro y toda la zona norte del Gran Buenos Aires poseen clubes náuticos, guarderías, astilleros y miles de embarcaciones. Carmelo está enfrente.
¿Por qué no podemos aspirar a que parte de esas embarcaciones vengan a Carmelo para ser reparadas, mantenidas o acondicionadas?, ¿Por qué no podemos desarrollar empresas privadas alrededor de esa actividad?, ¿Por qué no podemos formar trabajadores especializados que encuentren allí una salida laboral?, ¿Por qué no podemos transformar al río en una fuente de empleo?,
Otros lugares lo han entendido. Piriápolis tiene una importante actividad vinculada al puerto y a las embarcaciones. Juan Lacaze ha buscado desarrollar capacidades relacionadas con la reparación naval.
Y Carmelo, que tiene una historia profundamente ligada a esta actividad, parece no terminar de convertir esa tradición en una política de desarrollo.
Un varadero que envejece
Tenemos además un varadero perteneciente al Estado. Pero existe un problema. Buena parte de sus trabajadores tiene muchos años de experiencia y progresivamente se va acercando a la jubilación. Ese conocimiento acumulado durante décadas no puede simplemente desaparecer cuando el último trabajador cierre la caja de herramientas y se jubile.
Un oficio se transmite. Se aprende trabajando al lado del que sabe. Y si no incorporamos jóvenes antes de que esos trabajadores se retiren, podemos perder algo muchísimo más difícil de recuperar que una máquina: el conocimiento.
Por eso deberíamos preguntarnos qué política tiene el Estado para el futuro del varadero de Carmelo. ¿Se incorporarán jóvenes?, ¿Se realizarán concursos?, ¿Habrá aprendices?, ¿Existe un proyecto de inversión?, ¿Queremos que dentro de diez años siga existiendo?
Son preguntas que Carmelo debería estar haciendo ahora y no cuando sea demasiado tarde.
La paradoja de nuestra escuela
Pero quizá la contradicción más grande la tengamos en la educación. Carmelo cuenta con una Escuela de Construcciones y Reparaciones Navales. El nombre parece describir exactamente lo que necesitaríamos para comenzar a construir ese polo.
Sin embargo, debemos preguntarnos cuánto de la formación que allí se ofrece actualmente está verdaderamente relacionado con las necesidades concretas de una industria naval moderna. Si tenemos una escuela especializada, ¿por qué no convertirla en una referencia regional? ¿Por qué no formar allí mecánicos navales? ¿Por qué no recuperar y enseñar carpintería de ribera? ¿Por qué no formar especialistas en mantenimiento de embarcaciones? ¿Por qué no incorporar electricidad y electrónica naval, motores, fibra, soldadura especializada y nuevas tecnologías?
Incluso podríamos pensar más lejos.
¿Por qué un joven de Nueva Palmira, Dolores, Mercedes, Colonia, Rosario o Juan Lacaze no podría volver a venir a Carmelo porque aquí está la escuela naval de referencia del oeste del Uruguay?
Eso también genera ciudad. Genera estudiantes. Genera docentes. Genera conocimiento. Y finalmente genera empresas y trabajo.
Turismo e industria naval no se contradicen
Alguien podría decir que estamos proponiendo transformar una ciudad turística en una ciudad industrial. No. Una cosa no contradice la otra.
Al contrario. Una ciudad con una importante actividad náutica puede ser mucho más atractiva turísticamente. Más embarcaciones significan movimiento en el puerto.Significan visitantes, restaurantes, hoteles, comercios, proveedores, mecánicos, carpinteros, electricistas, marinas, servicios. El turismo náutico puede convertirse precisamente en el punto donde ambas estrategias se encuentran.
Carmelo podría ser simultáneamente una ciudad turística y una ciudad de servicios náuticos.
Y eso tendría además una enorme ventaja: generar trabajo calificado durante todo el año y no únicamente durante la temporada turística.
El problema es tener un proyecto
Durante demasiado tiempo las ciudades del interior hemos esperado que aparezca una empresa, que alguien venga, que alguien invierta, que alguien genere cien puestos de trabajo.Y cuando aparece, celebramos, cuando se va, sufrimos, quizás haya llegado el momento de cambiar esa lógica.
Las ciudades también pueden construir sus propias ventajas competitivas.
Pero para eso tienen que saber qué quieren ser. Intendencia, Municipio, gobierno nacional, UTU, empresarios, sindicatos, instituciones sociales y fuerzas políticas deberían poder sentarse alrededor de una mesa y discutir una estrategia de desarrollo para Carmelo que vaya bastante más allá del próximo período de gobierno.
No para cinco años sino, para veinte años. Y allí deberíamos poner sobre la mesa todo lo que tenemos, el turismo, el vino, la producción agropecuaria, la logística, nuestra cercanía con Buenos Aires, el puerto, el río, el varadero, y la formación naval.
¿Hacia dónde va Carmelo?
Esa es finalmente la pregunta.
Porque podemos seguir administrando los problemas a medida que aparecen.
Podemos preocuparnos cuando cierra una empresa.
Podemos lamentarnos cuando otra reduce trabajadores.
Podemos esperar que algún inversor descubra Carmelo y decida instalarse.
O podemos comenzar a construir nosotros mismos una respuesta.
Carmelo tiene problemas.
Pero también tiene activos extraordinarios que muchas ciudades quisieran tener.
Tenemos un río. Tenemos puerto. Tenemos varadero. Tenemos una escuela que lleva en su propio nombre las palabras “Construcciones y Reparaciones Navales”. Tenemos historia y tenemos ubicación.
Quizás no necesitemos inventar desde cero el futuro de Carmelo.
Quizás una parte de ese futuro haya estado siempre allí.
Delante nuestro.
Sólo tenemos que volver a mirar hacia el río.