Carmelo escondió al fundador de la Triple A

Creador de la patota asesina en Argentina vivió cuatro años en Carmelo

Por Gabriel Monteagudo

El creador de la Triple A, el grupo de extrema derecha que en la década del 70 secuestró y ejecutó a más de dos mil jóvenes argentinos, vivió en Carmelo y tuvo su refugio en el apartamento del Liceo I David Bonjour. Horacio Salvador Paino organizó por orden de López Rega un grupo comando que secuestraba en las universidades a jóvenes con ideas de izquierda, los asesinaba y los enterraba en los bosques de Ezeiza.
Aquí la dictadura militar le permitió ocultarse durante dos años en el Liceo de Carmelo, donde era común verlo caminar entre los estudiantes. Antes, también durante dos años, estuvo alojado en el Hotel de Walter Meyer.
Es una característica innata de los carmelitanos, que en general es una bendición, y otras pocas, un castigo: somos de abrir la puerta de nuestra casa a quien llegue a la ciudad, invitarlos a comer y hacerlos parte de nuestra familia sin tener idea quién es, o de dónde viene el agasajado.

La historia

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El recuerdo de esa historia, que nos hace el profesor retirado Walter Meyer, forma parte de esa característica carmelitana. Meyer recuerda que en el año 1979 vino con su familia a Carmelo procedente de Nueva Helvecia, “fue el año que nos vinimos de Nueva Helvecia para acá y pusimos el hotel ahí en calle Uruguay. Un día vamos a Nueva Helvecia y cuando volvimos Haydée Freire, que era la encargada, nos dijo que había llegado un señor argentino y que lo instaló en una de las habitaciones”, cuenta.

“Al otro día lo vimos”, señala; “un tipo alto, elegante, parecía de esos militares nazis, de unos cincuenta años, canoso, bien peinado, siempre bien vestido, corbata o golilla, saco azul, pantalón gris, zapatos negros, bien educado, con unos conocimientos de historia y política muy vastos. Se fue quedando y luego contrató una habitación por mes, le gustaba mucho el casino y se pasaba horas haciendo cábalas y después iba a probarlas. Tenía dinero, de dónde lo sacaba no sé, pero tenía, porque acá no hacía nada”, cuenta.
Desde Tacuarembó, en octubre de 1978, había llegado a Carmelo como secretaria del Liceo Sofía Ferreira. Al poco tiempo, llega también a alquilar una habitación del Hotel de Meyer, y “como era gente que estaba todo el día ahí, tuvimos una relación fluida, almorzaban con nosotros, conversaban, jugaban con las nenas, etc.”.

Con dos balas me alcanza
Un día, Paino le muestra a Meyer un revolver 22 y lo invita a tirar. “Vamos para el lado de Camacho, cuando era todo virgen, pusimos un blanco y estuvimos tirando un rato largo. Cada veinte disparos yo pegaba uno en el blanco, él pegaba los veinte en el mismo lugar, se ve que era un tirador experto”, señala.
Paino les contó que había estado en la Triple A, en Argentina, y que había sido uno de los organizadores, junto con López Rega. Era de los pesados. “No sé cuál fue el problema que tuvo en Argentina, pero algo pasó y se vino para acá; llamaba a Buenos Aires todas las semanas, acá habrá estado unos nueve meses, cuando yo vi que era un tipo pesado, lo eché”.
Pero antes que Meyer lo expulsara del Hotel, un día Paino lo sorprende con el pedido de que le guarde el revólver: “Tiene dos balas (le dijo), con esas dos balas me alcanza para hacer lo que tengo que hacer en Buenos Aires”. “Lo guardé en el ropero y ahí quedó hasta que después se lo entregué a la policía”, dijo Meyer.

Falso secuestro

Meyer todavía vivía en el hotel, corría el año 1979 y ya se habían puesto de novios con Sofía Ferreira, en mayo de 1980 concretarían su casamiento y un año después, luego que Meyer echara a Paino del hotel, pasarían a vivir en el apartamento del Liceo Dr. David Bonjor. “Un día se va a Montevideo, a los dos o tres días llaman de un hotel que por favor si lo podían ir a buscar porque lo habían secuestrado y estaba muy lastimado. Yo ya venía viendo cosas raras en él y por lo tanto no fuimos, pero un vendedor ambulante que se alojaba allí fue a buscarlo y lo trajo en la Onda. De noche llega quejándose, cuenta que iba en la calle caminando y lo secuestran y lo golpean, y nos muestra marcas de quemaduras de cigarrillos en el pecho. Llamamos al médico, vino el Dr. Alberto Badaracco, lo revisó y luego me sacó aparte y me dijo que esas marcas eran viejas y que eran todas mentiras que estuviera golpeado”, cuenta.

Pasaron los días y una mañana –él se levantaba como a las ocho y ya su novia le tenía preparado el desayuno- “me llaman porque eran como las diez y no aparecía, entro en la habitación que estaba vacía y sobre la cama había una carta en donde decía que lo habían ido a buscar de madrugada porque había fallecido la madre. Era raro, porque se fue callado la boca y él jamás había mencionado familiares”. Vuelve a los dos o tres días y viene la policía y lo lleva detenido. “El comisario Maldonado me dice que era un tipo de alto vuelo, lo pasan a Piedra de los Indios y lo tienen como un mes, eso fue a fines de 1979, principios de 1980”.

Interpol y los sicarios
Mientras Paino está preso, el comisario de Carmelo llega al hotel de Meyer con dos hombres de traje, de particular, “me dice que son oficiales de Interpol y me explica que Paino es un hombre de alto vuelo y que por ese supuesto viaje a Buenos Aires Interpol tiene miedo que venga un grupo de sicarios a matarlo aquí. Así que tuvimos dos días un par de agentes de Interpol sentados y durmiendo en los sillones de mi casa, haciendo guardia” cuenta Meyer.
Cuando Paino vuelve de su estadía en la cárcel, cuenta, “lo encaré, le di la plata para el pasaje, le apronté sus valijas y lo acompañé hasta la Onda, ‘no lo quiero un segundo más acá, usted nos ha causado muchos problemas y yo tengo que cuidar a mis hijas pequeñas’, le dije. Así que ahí lo dejé”, cuenta Meyer. Así terminó su estadía en el hotel.

En el hotel de Meyer no tuvieron más noticias de Horacio Salvador Paino y de quien en mayo de 1980 pasara a ser su segunda esposa (la primera falleció en Buenos Aires unos años antes mientras él estuvo detenido) “no supimos más nada de él. Su novia se fue de casa, supe que se fueron a vivir al Liceo, en el apartamento atrás al fondo del Liceo 1. Ahí estuvieron hasta que le hacen una nota en la revista Gente, ahí se toma conciencia de quién era y de ahí los rajaron, vivieron en lo del Hugo Clark en 19 de Abril y 25 de Mayo y después sé que se fueron a Montevideo” señala.

Mientras vivieron en el Liceo, en plena dictadura militar en Uruguay y Argentina, Paino fue citado a declarar al consulado argentino en Montevideo. El telegrama fue enviado al mismísimo Liceo y aparece en su libro (ver facsímil en esta nota).
Según las fechas que pudo establecer EL ECO, Horacio Salvador Paino, el temible organizador de la Triple A, y junto con esa patota autor de muchos de los dos mil asesinatos de jóvenes argentinos, vivió en el apartamento del Liceo 1 de Carmelo entre 1981 y 1983, cuando se fueron a vivir a Montevideo. Ambos ya tenían un hijo.

De puño y letra.
El escritor uruguayo Mario Benedetti, el cantor argentino Jorge Cafrune y cientos de artistas fueron amenazados y tuvieron que irse de Argentina por las amenazas de muerte de la Triple A.
En 1984 desde Montevideo, Horacio Salvador Paino consigue a la Editorial Platense para escribir sus memorias, que serán impresas en Sao Paulo, Brasil. El libro, al que accedió EL ECO, cuenta cómo durante el gobierno de Perón, a partir de 1973, ingresó a trabajar en el Ministerio de Bienestar Social argentino, convocado por el mismísimo López Rega y cómo organiza la patota de asesinos que en ocho grupos, cada uno liderado por un jefe y cuatro hombres que conseguían información sobre jóvenes de izquierdas en las universidades, los secuestraban y los ejecutaban, enterrando sus cuerpos en los bosques de Ezeiza. Se calcula que bajo la supervisión de Paino, unos dos mil jóvenes fueron asesinados por la patota. Paino dice que abandonó la Triple A en 1976, pero en su libro señala que realizó alguna otra tarea hasta 1978, cuando ya la Triple A era manejada por el temible Aníbal Gordon, que continuó y amplió la matanza de dirigentes y militantes de izquierda.

El caso de Víctor

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Fue uno de los tantos crímenes de los que participó este personaje que tuvimos en Carmelo durante unos cuatro años.
Cuenta en su libro sobre el secuestro de este estudiante de Facultad de Derecho. “Víctor fue desnudado y amarrado a la mesa de mármol, cubierta con una capa de goma pluma mojada. Uno de los terminales de la picana se conectó a la mesa y con el otro fueron tocando sabiamente testículos, glande, encías y pecho, hasta que el “terrorista” (N. de R.: con comillas en el original) se desmoronó y comenzó a decir lo que queríamos: el nombre de sus compañeros panfletistas….’. A las 6 de la tarde vino la orden de arriba (López Rega): los cuatro tenían que ser ejecutados”.
“Se les quitaron los relojes, documentos, anillos y todo aquello que alguna vez pudiese contribuir a su identificación, y todos estos objetos y papeles fueron arrojadas a la caldera del Ministerio de Bienestar Social para ser destruidos por el fuego”.
“A las 22 horas, los cuatro fueron inyectados con una elevada dosis de Ampliactil y colocados cada uno en una bolsa de plástico con cierre relámpago. Luego los cargaron en la Kombi”.
“Un Rambler abría la marcha, tomamos el camino de Ezeiza por donde ya había ido con anticipación un grupo provistos de palas y bolsas de cal”.
“Atravesamos Buenos Aires sin problemas y arribamos a una zona cercana a las piletas a la derecha del puente 12. Una señal de linterna indicó la parada. Los cuatro cuerpos fueron depositados en el suelo y cada uno de los componentes del grupo extrajo su arma provista de silenciador. Alguien pronunció una oración fúnebre y los terroristas fueron acribillados a tiros. Se recogieron las vainas servidas y los cuerpos se arrojaron en la fosa cavada. Con ellos se tiraron cuatro bolsas de cal, unos bidones de agua y una damajuana de ácido muriático, completaron la obra. El grupo de paleros cubrió la tumba con tierra extraída y el sobrante se desparramó. La organización había cumplido las órdenes recibidas y en pocas horas cada uno estaría en la rutina de su quehacer diario. El jefe de grupo subió a mi oficina y preparó el informe para López Rega”.
(Textual, extracto del libro Historia de la Triple A, Horacio Salvador Paino).

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